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Educación para la igualdad: formación sindical y género

Cada vez son más numerosas las mujeres que se afilian a sindicatos. ¿Se ha mantenido la educación obrera a la par de esta evolución? ¿Puede ayudar a las sindicalistas a acceder a puestos de liderazgo? ¿Cómo debería ser la educación obrera sensible al género? Se lo preguntamos a una experta. Elsa Ramos – quien tiene en su haber una gran experiencia en programas sindicales para mujeres en todo el mundo – fue Directora del Departamento de Igualdad y Juventud de la CIOSL (ahora CSI).

Elsa Ramos Especialista en actividades para los trabajadores OIT, Bangkok


Educación Obrera: Las trabajadoras todavía tienen pocas posibilidades de acceder a cargos de liderazgo dentro del movimiento sindical. ¿Puede la educación obrera ayudar a las mujeres a romper el techo de cristal que también existe en los sindicatos?

Elsa Ramos: Sí, claro que sí, porque prepara a las mujeres para desempeñar esos cargos. La educación obrera brinda a las mujeres las califi caciones necesarias para desempeñar toda la gama de tareas de las sindicalistas, ya sean miembros de las bases, delegadas, representantes o dirigentes. No obstante, por instruidas que sean las mujeres, no podrán hacer mucho si persisten las actitudes y los comportamientos sexistas, si se siguen reforzando en las estructuras y la cultura sindicales los estereotipos de los papeles femeninos y masculinos. En todo el mundo hay actualmente mujeres bien capacitadas y con experiencia, sumamente idóneas y dispuestas a dirigir sus sindicatos. ¡Me atrevería incluso a decir que muchas de ellas están mucho más capacitadas que algunos de nuestros dirigentes hombres!

Sin embargo, a pocas mujeres se les da la ocasión de acceder siquiera al primer peldaño de la lucha por el liderazgo. A las que pueden superar el obstáculo que signifi can sus responsabilidades familiares, a menudo numerosas, en muchos lugares del mundo todavía se les endilga el estigma de ser mujeres «haciendo un trabajo de hombres». Se acepta que las mujeres se afilien a sindicatos, inclusive que sean miembros activos, pero el liderazgo de los sindicatos – ámbito sumamente público – es territorio reservado a los hombres. Lamentablemente, todavía muchos de nuestros compañeros piensan así. Hace poco, un alto dirigente de una central nacional de Asia (bastante joven, dicho sea de paso), me comentó: «Mi esposa querría trabajar más en el sindicato y presentarse para las elecciones pero me da pena tener que desalentarla. Tendría que asistir a reuniones, a veces en otras localidades, y quizás inclusive participar en negociaciones colectivas que muchas veces se prolongan hasta altas horas de la noche. ¿Quién se ocuparía de los niños?» No se le ocurrió siquiera que él mismo podía hacerlo ni, lo que es todavía peor, que su esposa podría ser una buena negociadora.

 

¿Qué puede, entonces, hacerse para cambiar las actitudes dentro de las organizaciones sindicales mismas?


Hay una necesidad crucial de «generizar» los sindicatos. A mediados de los noventa, la CIOSL evaluó los programas «exclusivos para mujeres» y la repercusión que habían tenido los mismos en las mujeres y en sus sindicatos. Se observó que habían sido sumamente positivos para las mujeres (¡por supuesto!) y el «valor agregado» para los sindicatos se daba en términos de mayor participación de mujeres en las actividades sindicales (tanto en el nivel local como en el de las federaciones), mayores esfuerzos para sindicar a mujeres (y como consecuencia, mayor cantidad de mujeres afi liadas, especialmente pertenecientes a la economía informal y a las zonas francas industriales), refuerzo de las estructuras de mujeres y, además, las mujeres de los sindicatos pasaron a asumir papeles más activos, a menudo de liderazgo, fuera de los sindicatos (en organizaciones de mujeres y ONG). En realidad, ¡fue todo un logro! No obstante, se estimó que lamentablemente en muchísimos países todavía faltaba lograr una plena integración de las cuestiones inherentes a las mujeres – y al género – en las políticas, programas y actividades sindicales. Y donde menos habían repercutido los programas había sido en la participación de las mujeres en los organismos ejecutivos dentro de los sindicatos. Lo menos que puede decirse de esto es que fue desalentador, especialmente porque la CIOSL y sus organizaciones regionales habían adoptado políticas y programas de acción positiva, cosa que no fue fácil de lograr.

Tras muchos debates en los que participaron la Unidad de Trabajo (creada por el Comité Femenino de la CIOSL para supervisar la puesta en práctica de los programas de acción positiva), las coordinadoras y encargadas de educación de las regiones, al igual que algunas centrales nacionales, se elaboró un programa piloto de tres años de duración para formar a educadores – hombres y mujeres – que llevaran a cabo cursos para hacer tomar conciencia sobre el género dentro de sus organizaciones e incorporar perspectivas de género a los programas generales de formación sindical. Además, cada central nacional seleccionada para el proyecto piloto debía formar un Equipo Nacional de Perspectivas de Género – con una base paritaria de género y la participación activa de los comités de mujeres – que elaboraría una política nacional sobre género y un plan estratégico de acción para la aplicación de la misma. Entre los países seleccionados para el proyecto estaban Malasia, Filipinas, India, Túnez, Marruecos, Tanzanía, Sudáfrica, Ghana, Zimbabwe, Kenya, Burkina Faso y Malí.

 

¿Dio resultados ese enfoque de la educación?

 

El proyecto se evaluó en 2003. Una de las cosas positivas que se observó fue un notorio aumento de la conciencia sobre el gé- nero y mejor comprensión de las cuestiones relativas al género entre los educadores, encargados de sindicación y jóvenes militantes y, en menor medida, entre los dirigentes. La discusión y la subsiguiente adopción de políticas de género y planes de acción por parte de las centrales nacionales también se atribuyeron al proyecto, al igual que ciertas enmiendas a los estatutos destinadas a promover la participación de mujeres en las ejecutivas. Finalmente, se tomó nota de la elaboración de material informativo y didáctico. Pero todavía queda mucho por hacer en lo referente a la aplicación del plan de acción, inclusive nada menos que conseguir los recursos necesarios para llevar a cabo las actividades. Además, en la evaluación se vio que seguía existiendo una gran brecha entre la teoría y la práctica; estaba claro que no había voluntad política suficiente.

En América Latina y en Europa central y oriental el panorama es algo más optimista. Más y más mujeres ocupan cargos de liderazgo, en todos los niveles. La ORIT – la organización regional de la CSI para las Américas – ha superado el umbral del 30 por ciento de nivel mínimo de participación de mujeres en las actividades estipulado por la CSI, y su promedio asciende ahora al 40 por ciento. Después de Europa occidental, las Américas tienen la mayor cantidad de mujeres que ocupan cargos sindicales de liderazgo.

 

Actualmente se afilian cada vez más mujeres al movimiento sindical. ¿Han cambiado los servicios y los cursos de formación que brindan los sindicatos para tomar en cuenta ese hecho?


Sí, pero no en una medida suficiente. Por supuesto, no ha de pensarse que antes de los años setenta los sindicatos no brindaban servicios o capacitación para las mujeres. Inclusive cuando todavía las mujeres constituían un pequeño porcentaje del total (7 por ciento en 1949, cuando se fundó la CIOSL), éstas ya sabían que tenían un lugar en los sindicatos y que éstos también les pertenecían. Por lo tanto, tenían tanto derecho como sus compañeros hombres a que se les brindaran servicios y capacitación. Pero también se dieron cuenta de que para que ese hecho se concretara, necesitaban que hubiera mayor cantidad de mujeres en los sindicatos, llegar a ser una masa crítica, crear su propio espacio y transformar progresivamente el movimiento, no solamente en lo que les concernía directamente sino también en lo tocante a sus compañeros y a todos los trabajadores y trabajadoras. Yo denomino esos primeros años «la etapa de siembra». Muchas de las semillas germinaron porque el Comité Femenino – ¡fundado ya en 1952! – las cuidó constantemente, al igual que lo hicieron muchas mujeres (y algunos hombres) sindicalistas en todo el mundo.

A partir de mediados de los años setenta y hasta finales de los noventa hubo muchísimos proyectos y programas destinados a sindicar e integrar a las mujeres en el movimiento sindical, tanto en países industrializados como en países en desarrollo. No cabe duda de que esto fue alimentado por el fuerte movimiento feminista que tuvo lugar en todo el mundo, al que dio ímpetu la década que las Naciones Unidas lanzaron en 1975. Ese movimiento influyó inclusive en las directivas y estructuras sindicales, que hasta ese momento eran extremadamente patriarcales. Por supuesto, gran parte del mérito es de las mujeres de los sindicatos que siempre tuvieron que librar una lucha cuesta arriba para obtener los lugares que llegaron a ocupar en sus sindicatos. Pero a su lucha se le dio una perspectiva feminista muy necesaria a través de la interacción y la alianza con sus compañeras del movimiento feminista. Al mismo tiempo, las sindicalistas influyeron mucho en las organizaciones feministas y en las ONG. Estas últimas aprendieron mucho de la militancia y de las luchas cotidianas de las trabajadoras por la igualdad en los lugares de trabajo, haciendo frente a cuestiones como igual remuneración por trabajo de igual valor, igualdad de trato en el empleo o la ocupación, derechos humanos y sindicales, protección de la maternidad, equilibrio de la vida laboral y la vida familiar, acoso sexual y violencia contra la mujer. Las pequeñas y grandes victorias de las que disfrutamos actualmente son las flores, las plantas y los árboles nacidos de las semillas que se plantaron hace tiempo.

 

¿Estaba la educación obrera entre esas semillas?

 

Fue una de las más importantes. Durante esos años, los programas y proyectos se destinaban sobre todo a mujeres exclusivamente, y la mayoría de ellos correspondían al ámbito de la capacitación y la educación. Se puso gran atención en hacer que las trabajadoras tomaran conciencia de sus propios méritos y del valor de la contribución que hacen a la sociedad, inclusive en los sindicatos, al tiempo que se impartía el ABC del sindicalismo. Los programas con niveles múltiples comprendían formación para brindar capacitación en los distintos aspectos del trabajo sindical (sindicación, negociación colectiva, legislación laboral, administración sindical, poniendo especial atención en las tomas de decisiones y el liderazgo), pero también versaban sobre cuestiones especializadas (economía, investigación, programas de ajuste estructural, etc.). Miles y miles de mujeres tuvieron acceso a cursos de formación, cosa que en los países en desarrollo se hizo posible en gran medida gracias a la asistencia solidaria de sindicatos de países industrializados. A su vez, miles de sindicatos se beneficiaron gracias a que las mujeres utilizaron sus calificaciones para reforzar sus organizaciones, sindicar a mayor cantidad de trabajadoras, hacer los tan necesarios cambios en la manera de trabajar de los sindicatos y transformar las estructuras y culturas sindicales a fin de que fueran más incluyentes y variadas.

Esos programas que continúan en muchas partes del mundo se han apuntado algunos éxitos muy evidentes: mayor visibilidad para las mujeres, mejor imagen de los sindicatos como organizaciones incluyentes, mayor cantidad de mujeres que se afilian a sindicatos, mayor credibilidad para los sindicatos. No obstante, el ritmo de avance sigue siendo demasiado lento. Y donde más se pone esto de manifiesto es en el bajísimo porcentaje de mujeres que ocupan cargos ejecutivos en los sindicatos.

 

¿En qué medida se toman en cuenta actualmente en la educación obrera las distintas necesidades de los hombres y las mujeres?

 

No suficiente, especialmente en los niveles «más altos», como, por ejemplo, en los cursos especializados de mayor duración que se imparten en el Centro de Formación de la OIT de Turín. El problema es que la educación obrera asocia la noción de «liderazgo» a los funcionarios electos con cargos más altos. Eso no refleja ni lo que piensan las mujeres ni la realidad que viven.

 

¿Cómo debería ser la educación obrera sensible al género?

 

Una educación de ese tipo requiere que el personal encargado de impartir los cursos de formación sea sensible al género. Por ejemplo, es evidente que se debería evitar utilizar un lenguaje sexista. Para los cursos de formación sobre toma de conciencia con respecto al género es preferible que el personal encargado de impartir la formación esté compuesto por hombres y mujeres. Al mismo tiempo, debemos tener presente que puede ser necesario enfocar la cuestión de géneros de distinta manera en distintas latitudes del planeta. Se han de respetar la cultura y las tradiciones, pero no debemos tener miedo de examinarlos de manera crítica. También es importante verificar detenidamente el material que se utiliza para la educación obrera. Como un mínimo requerimiento, en el mismo se han de evitar los estereotipos. Si, además, se pueden realzar los papeles positivos, tanto mejor. Las listas de verificación sobre cuestiones de género pueden servir para que estén debidamente incluidas en los cursos.

Y, por supuesto, debemos aumentar la cantidad de mujeres que participan en las actividades de formación. El mínimo debería ser del 30 al 40 por ciento. Esto implica que al organizar los cursos se deberían adaptar a las necesidades de las mujeres. ¿Son convenientes los horarios y las sedes? ¿Se proporciona cuidado infantil? ¿Están contempladas las necesidades de las madres lactantes? En general, son preferibles los cursos mixtos porque pueden contribuir a que tanto hombres como mujeres tomen conciencia de las cuestiones relativas al género. Pero en algunos casos puede ser necesario hacer cursos exclusivamente para mujeres. Una vez más, esto tiene que ver en parte con una cuestión cultural. En lo referente al contenido de los cursos, se han de incorporar los aspectos de género a todos los temas de actualidad. Por ejemplo, el tema actual por excelencia es la mundialización y su repercusión en los trabajadores y trabajadoras, sus familias, la sociedad y el desarrollo nacional. Los cursos sobre la mundialización tienen que cubrir cuestiones como migración, zonas francas industriales y terciarización. A las mujeres les conciernen mucho todos esos ámbitos. Lo mismo se aplica a lo referente a salud y seguridad profesionales, VIH/SIDA en los lugares de trabajo, reforma del mercado laboral y muchísimos otros temas.

 

¿Se le ocurre algún ejemplo especialmente apropiado sobre cómo pueden introducirse en la educación obrera cuestiones que atañen tanto a hombres como mujeres?

 

La Internacional de Servicios Públicos (ISP) ha preparado mucho material útil. Sus publicaciones sobre la equidad de remuneración se refieren de tal manera a las cuestiones prácticas que las hace ideales para la educación obrera. Además, junto con la Internacional de la Educación (IE), la ISP ha hecho módulos sobre la equidad de remuneración específicamente concebidos para cursos de formación. Esos manuales se pueden utilizar entonces combinándolos con los demás recursos. La ISP también dispone de material donde se explica lo que significa la incorporación del género a todas las actividades y lo está aplicando. Por ejemplo, dispone de recursos sobre el vínculo existente entre las desigualdades de género y cuestiones inherentes a salud y seguridad profesionales.

Y el Proyecto sobre Igualdad Mundial de la UNI (Global Equality Project, GEP) ha puesto énfasis en la educación y capacitación de mujeres sindicalistas. En los talleres de este Proyecto que se llevan a cabo en Africa, Asia y el Pacífico y América Latina se han estado utilizando técnicas de aprendizaje activo. En ellos también participan mujeres dirigentes y militantes sindicales que asistieron a seminarios previos y que pueden servir como modelos de roles. Las mujeres que asisten a esos seminarios luego afi lian a otras mujeres. Esto, a su vez, les da fuerza para promover la igualdad en todos los niveles del movimiento sindical y de la sociedad en general.

En los seminarios también se establece el vínculo entre la igualdad de géneros y el programa de trabajo decente. Dicho vínculo es tan claro como vital.